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El Comando y la Tierra -Fadwa Tuqan-

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I

Me siento a escribir... Mas, ¿qué puedo escribir?

¿De qué vale decir

“patria mía”..., “gente mía”..., “pueblo mío?”

¿Protegeré a mi gente con palabras?

¿Salvaré con palabras a mi pueblo?

¿No es absolutamente despreciable

sentarse a escribir hoy?

Hoy, todas las palabras

son sal, no echan ramas ni flores

esta noche.

 

II

En medio del sopor y de la ausencia,

un divino candil le alumbró los rincones del alma,

encendiendo en sus ojos el ardor de dos brasas.

Cerró la agenda,

y Mazin, el doncel valeroso,

se dispuso a llevar la carga de su amor,

las inquietudes de su tierra y su pueblo,

los restos de deseos diseminados.

 

-Me voy, madre;

voy con mis camaradas,

donde debo.

Contento con mi suerte,

como roca que el cuello me atenaza.

Arranco desde aquí,

y todo lo que tengo:

pulsos, amores, gustos

y servidumbres,

lo entrego por su causa,

en dote por la tierra.

No hay nada más querido

que tú, salvo la tierra.

 

-(¡Hijo mío!)

(¡Corazón!)

 

-El alegre desfile,

madre, no llegó aún,

pero ha de llegar;

la gloria arrea sus pasos.

 

-(¡Hijo mío!)

(¡Mi...!)

 

-No te apenes si caigo antes que llegue.

Nuestro camino es largo,

penosísimo,

y se pierde a lo lejos,

sin saber en qué punto quedará.

Cruzamos, alumbrados por sangrientas antorchas,

las infernales playas de la noche,

para que la alegría llegue tras nosotros.

Porque ha de llegar asa alegría,

coger en la medida que se da.

 

-(¡Hijo mío!)

(¡Corazón!)

(Bendíjole con dos

azoras del Corán)

¡Vete!

(Pidió el Señor por él)

Mazin era su príncipe, su mozo,

señor de los jinetes.

Mazin era su orgullo y su grandeza,

su dádiva a la patria.

 

En la infinita tienda de la noche,

al aire abierto,

la madre se levantó para rezar.

Y alzó su rostro al cielo,

desbordante de estrellas

y de enigmas. 

¡Oh, día en que a la vida le entregó,

cual trocito de masa perfumada,

con la fragancia toda de la tierra!

¡Oh, día en que le puso el pecho fértil,

abrazó su embriaguez,

y descubrió el sentido de la vida

en la gota de leche!

¡Hijo mío!

¡Corazón!...

Por ese solo día,

por ése, te parí.

Por él te di a mamar.

Por él te di mi sangre,

te di todos mis pulsos,

y todo lo que pueden dar las madres.

¡Hijo mío!

¡Planta noble arrancada de su tierra!

¡Vete!...

No hay nada más querido que tú,

salvo la tierra.

 

III

Tubás, tras de los cerros:

Orejas que se tensan en las sobras;

ojos a los que el sueño abandonó.

El viento, tras los bordes del silencio,

retumba por los cerros;

va jadeando en pos del aliento perdido;

corre dentro del círculo mortal.

 

¡Mil! “¡hojas!” a la muerte!

Y la estrella caída se abrasó,

atravesó los cerros

como un rayo de vos enardecida;

sembrando por los cerros un vivo resplandor.

En una tierra que nunca derrotará la muerte,

que nunca podrá la muerte derrotar.

 

 


-Fadwa Tuqan. Colección Antológica de Poesía Social. Entre los poetas míos… Biblioteca Virtual Omegalfa.

-Palestina Libre.

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